EL BAÑISTA
El chorro de agua en la fuente nos mantenía pensando, tal vez en la nada. De vez en cuando observábamos a nuestro alrededor para ver quiénes se habían ido y quiénes llegaban; quién estaba a nuestro lado después de un par de minutos de estar concentrados en el agua cristalina del chorro. Su ruido también nos provocaba una sensación de tranquilidad, nos adormecía hasta el punto de la contemplación. De pronto, un hombre barbudo se apareció y rompió la escena. Con el pelo enmarañado, la barba crecida y vestido con harapos, más que provocarnos desconfianza nos generó curiosidad. Lo miramos atentos, esperando a que hiciera algo loco; lo sabíamos porque su mirada extraviada y risa gratuita, sólo se podían justificar con una tarzanada. Y así fue. Se quitó la camisa y exhibió sus costillas cobrizas. El hombre se sacó los zapatos y los aventó. Se carcajeó y frotó las palmas de las manos. Todos creímos que se iba a desnudar pero se quedó en pantalones. Como cualquier feliz bañista ...