De la serie 17 palabras para 17 textos: once

REALIDAD


Mi realidad, sólo cuando me pellizco, para saber que no estoy soñando, y al despertar, debo quitar a Dios de en medio.
No pensar la vida como la realidad de lo que palpo, huelo, escucho y veo a diario, cosificada, como mueble, piedra, edificio, sólo formando parte de la topografía.
La realidad no existe. Pareciera que esta idea es un dictador de la consciencia, es una definición absolutista que no permite más que una mirada hacia un mismo camino. Es un pretexto inventado por el hombre para partir sólo de lo que es visible y palpable, y de esa manera apropiarse del entorno, de lo inmediato y someterlo a las necesidades del pensamiento humano más ingenuo y vacío. Me parece que para eso sirve hablar de realidad: “ubicarse en la realidad”, cuando la realidad se inventa en cada ser humano de acuerdo a sus emociones, al desgaste y aprendizaje del paso de los años, a través de la relación con otros hombres y la interacción con la propia naturaleza y en la convivencia diaria con su propio Yo. Bajo todas estas variables se puede reinterpretar esa cosa llamada “realidad”.
La maravilla de lo que no es real es no poderlo asir, no poderlo gobernar, no poderle imponer, no intentar comprenderlo; no se puede llevar en la mano porque, como el agua, se derramará inevitablemente hasta que no quede ninguna gota.
La realidad es solo una iniciación para dar el gran salto al vacío eterno de la imaginación.
La realidad sólo para apoyarse en esa silla porque estamos cansados; la realidad para encontrar una cama y cerrar los ojos hasta otro mañana; la realidad para ver nuestra tumba y saber que no hay marcha atrás.


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