De la serie 17 palabras para 17 textos: tres

DESTINO

Si no se pensara en el destino no existiría.
Tengo la impresión de que al predestinarnos pensando en él inconscientemente estamos autodirigiendo nuestra vida no intencionadamente sino al vaivén de los acontecimientos, sin aplicarles freno, sin meditarlos, sin direccionarlos de acuerdo a nuestras ilusiones o propios intereses. De esta manera, se empieza a construir un destino mediocre que es como aventarse a la tormenta más grande de la historia (nuestra vida) sin saber nadar.
Creo en el destino cuando sabemos o por lo menos intuimos hacia dónde queremos ir, e ir no necesariamente es una circunstancia positiva, podríamos saber a quién odiar o a qué odiar, o simplemente estar convencidos de no querer vivir, o saber que no entendemos absolutamente nada, pero hay que saberlo, no dejarlo como una insatisfacción debajo de una gruesa coraza.
El punto es estar convencidos de cómo nos sentimos en esta vida dada sin mayores explicaciones; el punto es saber si nos apetece vivirla o no. Cuando tenemos esa respuesta clara, entonces el destino inteligente intervendrá y así forjaremos nuestro propio destino.
Aunque creo que el destino de la humanidad está condenado, justamente porque no sabemos si nos apetece esta vida o no. Cada vez nos alejamos más de esa pregunta sin respuesta. En grupo, como humanidad, es imposible pensarla y contestarla, sin embargo, en la individualidad, dónde podrían existir más probabilidades, cada vez se piensa menos en la propia pregunta y, por supuesto, es nulo el pensamiento respecto a su respuesta. Es por ello, me aventuro a decirlo, que estamos condenados a vivir en el peor de los destinos que es el mediocre, el que no conlleva a nada más que a respirar para consumir.

Si el destino es el fin de todo hombre debería ser su mayor preocupación forjarlo desde una intención clara y básica al pensarse en esta vida, nuestra relación con el universo y nuestros semejantes. 
¿Es Dios un destino? Definitivamente no, el es parte de nuestro destino y él es su propio destino al fin de cuentas.


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