De la serie 17 palabras para 17 textos: cinco
INTRANSIGENCIA
Qué
buen momento en México para hablar de esta palabra.
Las
marchas en la Ciudad de México se han convertido en el escenario y
justificación de grupos intransigentes, que a base de violencia intentan aleccionar
a las autoridades; no sólo eso, la violencia se aplica a cualquier grupo,
persona, institución no gubernamental que no esté de acuerdo con ellos. Más
allá de discutir si les asiste la razón o no, el sólo hecho de ser
intransigentes les impide cualquier posición que pudiera desembocar en acuerdos
para, justamente, transigir a la tolerancia.
La
intransigencia se manifiesta casi siempre a través de la violencia y no
necesariamente física, puede ser verbal o desde la posición del poder,
saboteando actos de terceros.
La
intransigencia se denota en actitudes tan sutiles como los movimientos de mano,
gestos, mirada, el tono de voz y, por supuesto, la cerrazón a no aceptar
ninguna posición más que la que malamente se está defendiendo.
La
intransigencia es una enorme puerta cerrada, blindada, sin chapas, sin llave,
sin que exista ninguna herramienta para entrar a las necesidades sociales,
sentimentales, físicas, emocionales, fantásticas de los otros. De este lado de
esa enorme puerta, donde habita bonachonamente la intransigencia nada se mueve,
todo está parado, pero tarde o temprano todo se apesta. Del otro lado de la
puerta, más allá de la habitación de la señora intransigencia, tal vez un
fuerte viento corre y arriba existe un cielo azul profundo donde diferentes
especies de aves viajan ligeras y hacia la libertad. Mientras tanto, en el
cuarto ya apestado de la señora intransigencia el oxígeno se va acabando y
quienes habitan allí poco a poco se han de poner morados, cadavéricos,
desespiritualizados, llenos de rencor entre unos y otros porque su gran
estrategia de violencia afortunadamente está agonizando, sucumbiendo en un
enorme remolino que va directo al corazón del infierno. No hay opciones para
los intransigentes.
