De la serie 17 palabras para 17 textos: doce
SILENCIO
No hay
instrumento más mágico para alimentar a la imaginación como el silencio. No hay
antídoto más efectivo para curar al alma que el silencio. No hay acción más
efectiva para entender al otro o a los otros que el silencio. Cuando este
elemento ronda y forma parte de nuestro comportamiento los resultados por
cosechar son extraordinarios y permanentes, por ello, resulta un acto noble y
disciplinado “guardar silencio”.
Recuerdo
que en mi infancia una de mis aventuras favoritas era caminar por el cauce de
un arroyo hasta sentir miedo. Caminar hasta encontrar al silencio. Varias veces
tuve oportunidad de escucharlo. Sentado en una piedra, inmerso en aquel paisaje
barroco lleno de cerros, árboles, magueyes, nopales, pájaros, viento, nubes
altas, cielos azules; llegaba un momento en que todo se detenía o así me
parecía. De esa extraordinaria pausa en el paso del tiempo surgía el silencio. Primero
se le experimenta con un dolor de oídos, luego se convierte en una molestia en
el pensamiento, no escuchas nada; si se prolonga, se convierte en un terror
mágico porque te sientes en un vacío. En el absoluto silencio el paisaje no
parece real, tiene apariencia de pintura, cara de un mundo irreal.
Como
disfruté de esa extraordinaria sensación cuyo tiempo se medía en dos
minutos, después, tenía que hacer ruido con mis zapatos, tallando la suela en
la tierra para romper aquella extraña soledad que si se continuaba, me llevaría
al horror.
Hoy,
en esta enorme ciudad, busco al silencio como a un animal en extinción. Se lo
han devorado los ruidos de acero, los gritos sin sentido y un continuo murmullo
que se amuralla para no permitirle salir.
Hoy,
por el momento, llevo del silencio una parte presa en mi pensamiento, esa que
me robé en aquel riachuelo cuando niño.
Bienvenido
sea el silencio en todo momento, en cualquier lugar y a cualquier hora,
alimento de la imaginación.
